EL SOLDADITO DE PLOMO

Por: Samuel Laboy

El soldadito de plomo fue fundido en un barrio de la Capital de Puerto Rico, que ya no existe. Desde que fue forjado tenía una constitución fuerte, no bello... pero estructural. Uno, dos, tres, cuatro... Uno, dos, tres, cuatro..., se oía marcar el paso militar cuando caminaba, igual que hacen los soldados de verdad. De noche salía a caminar por las calles del Fanguito, barrio de la Capital. Era inteligente, bravucón y metiche. Esto le valió muchas carreras que tuvo que dar para evitar recibir varios tubazos que sus enemigos le querían propinar.

Estudió pintura, poesía, drama, canto, pero apenas logró sobresalir en ninguna de las artes. Para el soldadito de plomo le era más fácil disfrutar de las artes que hacían otros, que las que él creaba. Decidió que era más fácil pedir los objetos de arte, o comprarlos baratos, que hacerlos él mismo. Todo lo que veía, lo quería. Debajo de la casa en que vivía tenía un museo de antigüedades. Fue un niño de plomo bien sufrido en necesidades, pero se las arreglaba para llevarse lo que le gustaba.

Ya mayorcito, lo llamaron para servir a su Patria en unas batallas que se libraban en un país extranjero. Se volvió loco de contento en servir a su país, y más que nada, en servir para lo que fue creado, como soldado de guerra. Alistó sus valijas y se fue muy contento al servicio militar asignado.

Fue enviado a combatir dentro de una compañía de soldados de servicio en el extranjero. Era un país de lenguaje diferente al de él, de costumbres diferentes. Le tomó trabajo amoldarse al sistema de la guerra. Aquello era mucho para el pobre soldadito de plomo. La primera granada explosiva que lanzó el enemigo le explotó casi al lado. La explosión le rompió los pequeños tímpanos de sus plomíferos oídos. Después de ésto, ya no pudo escuchar jamás. Por suerte no le afectó la lengua, la cual desarrolló de sobremanera para vencer el obstáculo de la falta de aceptar sonidos en sus oídos. Ya no podía recibir consejos, nunca los escuchaba.

Aprendió el lenguaje y los variados usos de la lengua que se usaban a diario por los habitantes de ese país extraño. Aprendió hasta ladrar como los perros. A veces parecía que venía de la Torre de Babel, pues no se entendía lo que hablaba. Se levantaba en la mañana a fuerza del despertador creado por los tiros de rifles, granadas y morteros del enemigo y que les servían de desayuno madrugador a las tropas de soldados. El soldadito de plomo recordaba con cariño a su patria, en especial su barrio El Fanguito. De todas maneras, no era mucha la diferencia de donde estaba, pues todo el día tenía que estar arrastrando su cuerpo por el cochino piso fanguero de ese país.

Un día sucedió algo extraño en su vida que se la cambió totalmente. Nunca el pobre pudo darse cuenta de lo ocurrido. Una granada incendiaria que lanzó el enemigo cayó muy cerca de su cuerpo, fuerte y poderoso, pero débil al exponerse al calor extremo. Como sabemos, el plomo de derrite a temperaturas altas. Ocurrió que se le quemó el pequeño "chip" electrónico, analizador de pensamientos ubicado a la salida de su cerebro. Desde ese momento, nunca pudo analizar lo que iba a decir. Todo le salía directo del celebro a la lengua. El conteo mágico que tenemos de la memoria, es decir, uno dos, y tres, que significa: pienso, analizo y hablo, se redujo a dos pasos, el de pienso y hablo. ¡Ni siquiera podía analizar que no estaba analizando lo que iba a decir! El "Chip analítico" nunca le volvió a trabajar. Ahora cuando veía los tiros enemigos, pues no los podía oír, salía corriendo despavorido, pues no podía analizar que era el momento de contestar la agresión armada. Si un soldado amigo se le aparecía de noche, él quería dispararle y matarlo, porque no podía analizar que era su amigo. Lo llamaba enemigo, aunque fuera amigo. Lo llamaba indio, pensando que estaba en el oeste americano, prieto porque pensaba estaba en África de servicio, lo llamaba feo, o cualquier cosa o nombre que su celebro le dijera. Su comunicación de celebro y lengua era directo. Nadie se lo podía explicar a él, pues no podía analizar el mensaje o la recomendación. A veces ofendía a sus amigos porque ellos trataban de ayudarlo. Les decía "déjenme quieto, no necesito ayuda, ayúdense ustedes mismos".

Finalmente el soldadito de plomo tuvo la suerte de que fue relevado del servicio activo. Regresó a su país natal. Lo llevaron a todos los talleres de forjar metales, aún a talleres de reparación de camiones, lanchas, autos, motoras, etc. Pero nadie pudo repararlo. Ya el daño cerebrar y de los oídos estaban ya hechos. Nada ni nadie podía repararlos. El aceptó su condición y decidió vivir con ella. Lo único, que su compañera original no estuvo de acuerdo y prefirió separase de él, lo que hicieron en mutuo acuerdo.

¡Pobre soldadito de plomo! Era bueno, quería ser feliz, y hacer feliz a los demás. Era servicial, ayudaba a todos. Cuando llegaba a un sitio, la gente decía, ahí viene el soldadito de plomo, carguen sus cerebros con paciencia. Pues así tenía que ser. El soldadito según pensaba, su lengua lo decía todo. El no lo veía mal, pues no podía analizar si hacía daño o no a las partes.

Sin embargo, viajó por otros países, conoció nuevas amistades. Consiguió una nueva compañera, que le amaba y le ayudó y lo toleraba de sobremanera. También sus amigos lo querían, no lo olvidaban. El siempre estaba presto a servir a sus semejantes. Buen soldado, recibió medallas militares de honor por eso. Sabe Dios hasta donde pudo haber llegado este soldadito de plomo en sus triunfos, si no hubiera sufrido esos daños cerebrales productos de la guerra.

Algunos de sus amigos se quejaban de que él se metía en sus vidas, en las de su familia. Cuando no le hacían caso, el soldadito les escribía cartas para darles su opinión, hacerles llegar sus pensamientos. No permitía que nadie se metiera en sus cosas personales, pero él siempre estaba metido en las cosas de los demás. Esto caía muy mal a sus amigos. No obstante, el soldadito no tenía remedio para su mal. Cuando caía dentro de su fantasía de uno... y dos... (pienso y digo), ya nadie lo podía sacar de allí. Se reía de todo y de todos. Dentro de su propia vida, el soldadito de plomo era muy feliz. Nunca encontré un ser humano que dijera algo malo o tuviera quejas del soldadito, que no fueran por sus improvisados chistes y comentarios. Muchos celebraban sus ocurrencias, pues no dejaban de ser espontáneas, pero dudosas entre lo agradable y lo descortés, palabras que el soldadito había olvidado.

Ya los amigos lo conocen, al verlo, se preparan para lidiar con él. Lo reciben con amor y cariño, pero alertas a sus chistes y comentarios, aparentemente reales, productos de sus fantasías. Lo mismo les dice a la gente que tu estás loco, o que tienes SIDA. Así también, seriamente y con todo el respeto de un soldado real, puede señalar a todos que tú eres el que les buscas las mujeres para él realizar sus placeres sexuales, o que tú eres el dueño de la cervecería India de Mayagüez. Lo mismo llama al vecino como el prieto, el cojo, el bizco, o como le dé la gana. Hay que estar preparado para todo. Si tienes algún amigo que no te saluda, que no quiere saber de ti... averigua que le dijo el soldadito de plomo sobre tu persona. Podría haberle dicho, para satisfacer sus fantasías, que tú estas saliendo con su esposa.

A veces pienso, ¡Que buen caudal de inteligencia, de amistad, confraternidad, humildad y respeto hay dentro de ese soldadito de plomo! ¡Maldita sea la hora en que explotó esa granada enemiga, dañando tan sensibles partes de su plomífero cuerpo! Si Dios le permitiera usar toda su inteligencia y astucia, en cosas de necesidad, en vez de sus prolongados chistes, tendríamos un mundo más feliz. y un amigo listo para recibir un Premio Oscar.

Pero tuve un sueño, y en ese sueño se me reveló algo. En mi sueño estaba presente en una fundición donde se derretían los aceros y otros metales para reciclarlos. vi que el soldadito de plomo era puesto en una caja para fundirlo. Recuerdo que el quería que al morir, lo cremaran. Pero en este caso, él no había muerto. Eran los extraterrestres que habían visto la injusticia que se había cometido con el soldadito de plomo en la vida y lo estaban reconstruyendo. ¿Saben que? Lo lograron. Fundieron nuevamente al soldadito y salió funcionando a toda capacidad. Cuando salió de la fundición me dijo: "Querido amigo Samuel" gracias a Dios, ya mi cuerpo está completamente sano. Así también mis oídos y mi "chip electrónico" de análisis. Regresaré nuevamente a la dimensión en que estaba anteriormente, pero ahora voy nuevo,"tocado por Dios". El resto de mi vida seré un soldadito de plomo completamente feliz y haré feliz a los demás. Desperté de mi sueño y me sentía feliz ya que consideré era muy real. Era un mensaje divino.

Ahora tenía deseos de encontrarme nuevamente con el soldadito de plomo. Quería comprobar si lo que vi en mis sueños era realidad. Caminé y lo busqué por todas partes y no aparecía. ¿Qué pasaba con el soldadito de plomo? ¿Dónde estaba? No aparecía por ningún lado. Esto me intrigaba. ¿Dónde está mi amigo el soldadito de plomo? En esos momentos veo venir a uno de mis amigos preferidos, de carne y hueso, y con una sonrisa a flor de labios me dice " ¡Hola Samuel!" ¿Cómo estás? En ese momento me doy cuenta de que yo había estado todo el tiempo soñando. El soldadito de plomo no existía en realidad. Todo mi relato era parte del sueño. El sueño que tuve fue una visión extrasensorial en la cual se me ilustró el comportamiento que yo veía de mi amigo presente ante mí, tal vez para que yo lo pudiera entender mejor. ¡Hola amigo! Le contesté, Le dije: amigo, tuve un sueño raro, relacionado con un soldadito de plomo. Me pareció que era un mensaje para mí. Mi amigo me dijo, "Mi querido amigo Samuel, Dios obra milagros para que sus hijos nos amemos los unos a los otros". Con su contestación, inmediatamente noté que el milagro había ocurrido: Mi amigo ya podía oír perfectamente y su capacidad mental de análisis era perfecta.

¡Sus males habían desaparecido al igual que el soldadito de plomo!

Me pregunto...

¿Habré despertado realmente de mi sueño? ¿Qué usted cree?

Pero la contestación no se hizo esperar. A los pocos días recibí un e-mail del soldadito de plomo. Me di cuenta que su cerebro andaba mal. Ya no eran sus oídos, ahora, aparentemente, era su cerebro el que andaba mal. Ya no podía coordinar sus pensamientos. Su escrito en el e-mail era disparatado, insultante y lleno de banalidades. No tuve más remedio que contestárselo de forma terminante. Nuestra amistad había terminado.

Al paso del tiempo, me enteré que había llamado a mis amistades, para decirle lo malo que yo era. Que me retiraran la amistad. Con ésto pude comprobar que su daño cerebrar era irreparable. Pobre soldado de plomo, por ahí anda ahora donde sólo le queda el peso del plomo con que lo hicieron.

 

 

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